No te dije mi nombre todavía, dijiste.
Entre sorprendida y avergonzada me escondí de tu mirada apoyándome en tu hombro.
Así descubrí que las cosas que suelen creerse básicas son las prescindibles.
Despertaste mi curiosidad y quería saberlo, pero estabas encaprichado en no decirlo.
Por primer vez no sentía invasora una mano nueva, desconocida, sobre la mía, en mi brazo, en mi rodilla, como si fuese naturalmente parte de lo verbal.
Recuerdo haber imaginado la cara de Sarlo y a su maldito shopping, pero tu cara no.
Solo me quedó esa cortina de inocencia casi infantil que se traslucía detrás de tus ojos y tu sonrisa.
En cuanto pude poner un punto y aparte nos dijimos algo con los ojos y, tal como lo venía anticipando tu mano al recorrer la mía, llegó el beso.
No nos despedimos, solo salimos a la calle y nos distanciamos. Intercambiamos un par de miradas en la 9 de Julio y desaparecimos.
No importaron los nombres ni los besos, solo habernos generado la ilusión de que todavía puede haber alguien así allá afuera nos bastó.
lunes, 1 de septiembre de 2008
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